Este fin de semana pasado fui a Oporto (Porto para los portugueses) con dos amigas de la carrera, Ne y Nu. En parte, queríamos “revivir” nuestro viaje fin de carrera a Lisboa (del que ya hace casi un año), en parte necesitábamos viajar (creo que la pasión por los viajes es algo que está vinculada a nuestra deformación profesional), en parte queríamos desconectar y, por último, queríamos ligarnos a un portugués. Cumplimos casi todos nuestros objetivos, queda al lector decidir cuales cumplimos y cuales no.
En definitiva, que Ne, Nu y La cogieron un autobús el viernes después de comer y se plantaron en Girona. Comentario repetetido mil veces: “Ya no vuelvo a coger el avión en Girona”. Porque, aunque sea más barato, es una pérdida de tiempo. Nos tomamos un café y embarcamos. Dos horitas y nos plantamos en Oporto. Primera impresión: “¡Qué bonito y qué nuevo es el aeropuerto!”. Y luego el metro, otro tanto. Así que nuestro pensamiento lógico fue que en Oporto había dinero.
Gracias a las anotaciones de Nu, nos llegamos al hotel. Sencillito, pero limpio y mono. Quizás un poco lejos del centro… Pero bueno, nos pusimos monas y nos fuimos a buscar un lugar para cenar. Cogimos el metro, caminamos un poco por el centro hambrientas y descubrimos un restaurante pequeñito, pero estaba completo. Lástima, tenía buena pinta. Así, caminando, caminando llegamos a la praça da ribeira, que tiene bastantes terracitas y cenamos en una de ellas. Además el camarero, que era muy guapo, fue muy simpático y nos explicó por donde podríamos salir luego. Pero no entendió que habíamos pedido una ensalda de bacalao… en fin, no podía tenerlo todo…
Así que, mapa en mano, no llegamos a los bares que nos dijo. Pero sí a dos verbenas. En la primera, un rasta cantaba reggae. En la segunda, unos tunos nos sacaron a bailar. Al final, acabamos en un bar pseudo-moderno tomando algo y echas polvo. Mañana salimos hasta las mil, ¿vale? Volvemos al hotel en taxi que conducía Schumacher… y a dormir!
El sábado hicimos ruta turísitca: el Sé, la Iglesia de los Clérigos, el Majestic, la ribera del Douro que le llaman ellos… Oporto es una ciudad que, si estuviese cuidada, sería preciosa. Pero es decadente y está muy abandonada. Edificios que podrían dejarte con la boca abierta si estuviesen conservados, están habitados por palomas. Por la noche, nos volvimos a poner monas y fuimos a un restaurante que recomiendo a toda persona que vaya a Oporto: se encuentra en la Rúa Mouzinho da Silveira y se llama Solar do Patio. Bebimos porto, comimos bacalao espiritual y rematamos la faena con una mousse de mango. Delicioso. Además, los dos dueños fueron muy amables y nos trataron como si estuviésemos en casa.
Después de la cena, nos volvimos a poner en búsqueda de los bares por donde salen los portugueses y acabamos en una terracita donde había muchísima gente, al lado de la universidad, tomando una cerveza. Pero tuvimos tan mala suerte que nos empezó a llover. Así que tuvimos que ir dentro y, como había tanta gente, nos empezamos a agobiar. Eso, sumado a que llevábamos todo el día caminando, nos hizo volvernos al hotel.
El domingo llovió. Pero nosotras, dispuestas a aprovechar nuestro último día, nos fuimos a visitar las bodegas de porto y a hacer un crucero por el Douro. Y, para acabar nuestro viaje, visitamos la Casa da Música, de Rem Koolhaas, que si no iba, en el trabajo me mataban.
Y, desgraciadamente, tuvimos que volver. Metro, avión, vuelta a Girona (”ya no vuelvo a volar a Girona”), autobús, taxi.
Cama.
Dos días y medio llenos de charlas, risas, reflexiones, visitas y recuerdos.