La nieve llegó inesperadamente. Sí, es verdad que llevábamos una semana en la que hacía un frío del carajo, pero aquella tarde yo estaba más ocupada buscando dónde meter mi soledad que mirando por mi ventana. Y, gracias a facebook, me enteré. Corrí la cortina y la vi posarse. Porque la nieve no cae, se posa. Porque parece que en ella no actúe la gravedad. Me senté mirando a la ventana y así pasé un rato. Embobada. Había visto nevar antes, pero menos. Dudé si bajar a la calle, pero algo me dijo que no iba a durar solo esa tarde, así que me quedé en mi sofá, con la calefacción al ladito.
A la mañana siguiente, a las 7.15, cuando mi compañera me viene a buscar en coche, ahí estaba. Unos 3 ó 4 cm de nieve y yo estaba como los niños pequeños: pisándola, tocándola, haciendo fotos; tiritando de frío, pero feliz. Al llegar al cole, todos los profes estaban más contentos y los niños, ni te cuento. No paraban de tirarse bolas, de reír, de revolcarse por la nieve… y yo me moría de ganas de unirme a ellos, pero tuve que mantener la compostura, que luego no me tomarán en serio…
Con la nieve, todo se ralentiza. No vivo en una ciudad demasiado estresante, es cierto, pero todo iba como a cámara lenta. Al principio pensé que era yo, que por mi inseguridad, caminaba más despacio. Pero me dí cuenta que no, que todo el mundo iba más despacio y parecía que sonreían más. Fue la última semana antes de las navidades y yo estaba muy feliz de estar aquí, de haber vivido una semana completa de nieve a -8º C de media, de experimentar vivir en un clima frío, en una casa diferente, de aprender más y de ampliar miras. Pero, también estaba feliz porque creía (inocente de mí) que cuando volviese después de navidades ya no estaría.
Una semana de nieve es mi límite, creo. La nieve es muy bonita, pero, aunque parezca mentira, es guarra. Se pone negra con la grasa de los coches, con las pisadas de la gente y luego toda esa mierda entra en casa, se te engancha en los zapatos… Por no hablar de que es peligrosa: se va creando una capita de hielo que hace que te caigas a la mínima.
Y antes de ayer, empezó a fundirse. En un día gris y triste como nunca había vivido, la nieve empezó a disminuir. Como banda sonora, un ruido constante de goteo de agua. Casi como si todo llorase: los tejados, las paradas de bus, los coches, los toldos… Y ya está, se acabó el ir más despacio para no caerte y la luz blanca de las mañanas. Los días son grises de nuevo.
Cuando estaba aquí, la odiaba. Ahora, la echo de menos. Es como cuando algo va mal en una relación: ya no quieres pasar más tiempo con él, pero cuando no está, quieres que vuelva el del principio.