Eso es lo que soy. O lo que es lo mismo: auxiliar de conversación de español.
Desde el día 21 estoy en Alemania, porque durante los próximos siete meses voy a dar clases orales de español a chicos de entre 15 y 18 años. Antes de irme tenía miedo, a todo y a nada. A que todo cambiase en mi casa, a que yo cambiase, a que la felicidad que estaba viviendo se quedase estancada en ese momento y en ese lugar. Tenía miedo a los primeros días -que siempre son los más duros-, a que no me entiesen, a no entenderlos, a no conocer a gente, a aburrirme, a quererme volver antes de tiempo y a no querer volver cuando llegue la fecha final. En definitiva, estaba cagada.
E ilusionada, no nos engañemos. La idea de enseñar mi lengua a gente que no la conoce y de compartir todo lo que ello conlleva me ha gustado desde hace mucho tiempo. Y ahora tengo la oportunidad. Además, aprendo, conozco una cultura nueva y puedo probar qué es eso de ser profesora. “Será una experiencia muy enriquecedora”, me he pasado todo el verano repitiéndome.
Ahora que ya estoy aquí, que el cielo se ha vuelto gris de repente, no me arrepiento de nada. Sí, sigo teniendo algunos miedos, porque solo llevo una semana aquí y todo necesita su tiempo. Y sí, también me siento bastante sola, cosa que considero normal. Pero estoy muy activa y con ganas de intentar hacer cosas diferentes. Además, noto que en solo una semana mi alemán ha mejorado mucho, que no es poco.